SE ESCUCHABA LLANTO EN LA PARED DE LA MANSIÓN — PADRE ROMPE EL YESO Y HALLA LO IMPOSIBLE

SE ESCUCHABA LLANTO EN LA PARED DE LA MANSIÓN — PADRE ROMPE EL YESO Y HALLA LO IMPOSIBLE

A las 3:07 de la madrugada, el silencio de la mansión Mendoza en Lomas de Chapultepec era tan limpio que parecía de museo. Ni un auto pasaba por la avenida. Ni un perro ladraba. Ni siquiera el aire se atrevía a moverse.

Y aun así… se escuchaba.

Un llanto.

Agudo. Desesperado. Primitivo.

Llanto de bebé.

Sebastián Mendoza caminaba descalzo por el pasillo del tercer piso con el corazón golpeándole el pecho como si alguien lo persiguiera. Era la quinta noche consecutiva que se despertaba con el mismo sonido, y cada vez era peor, más claro, más imposible de ignorar.

Lo primero que había hecho, como cualquier padre, fue correr al cuarto de su hijo.

Matías, cuatro meses, dormía profundamente en su cuna de madera importada. El monitor marcaba respiración normal. Sin fiebre. Sin sobresaltos. Un bebé en paz.

Sebastián regresó al pasillo con la piel erizada.

Porque el llanto seguía ahí.

Y no venía de ningún cuarto.

Venía… de las paredes.
Se detuvo justo entre la puerta de Matías, a su izquierda, y la puerta del cuarto de huéspedes, a la derecha. Cerró los ojos para enfocarse. Pegó la oreja al yeso. Caminó tres pasos. Pegó la oreja a otra sección.

El sonido se hacía más fuerte justo en una esquina, a la altura de su pecho, donde dos muros se encontraban. Era como si alguien hubiera escondido una radio detrás del acabado, solo que no era un sonido electrónico.

Era demasiado humano.

Demasiado real.

—¿Sebastián? —la voz de su esposa llegó desde el extremo del pasillo—. ¿Qué haces ahora?

Él se giró.

Mariana Mendoza estaba ahí, con una bata de seda y el cabello impecable, incluso a esa hora. A sus treinta y dos años aún parecía salida de una portada: exmodelo, alta, elegante… pero últimamente su belleza tenía algo frío. Algo tenso. Como si estuviera sosteniendo una grieta por dentro.

—¿Lo escuchas? —preguntó Sebastián en un susurro urgente—. Mariana… el llanto viene de la pared.

Mariana soltó un suspiro largo, como si él fuera un niño inventando fantasmas.

—Es Matías. Obvio. Los monitores hacen eco. A veces parece que el sonido viene de otra parte…

—¡No! —Sebastián la interrumpió, con una paciencia que ya se le había deshecho en cinco noches sin dormir—. Ya lo revisé. Matías está dormido. Esto viene de adentro del muro. ¿No lo escuchas?

Mariana caminó hasta él. Sus pantuflas caras no hacían ruido sobre el mármol italiano. Se inclinó y pegó la oreja justo donde Sebastián señalaba.

Al principio mostró confusión.

Después… pánico.

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