“Nunca olvidaré la sensación de tener todas las miradas clavadas en mí, mientras mi propio esposo me humillaba frente a toda su familia.”
Nunca imaginé que mi matrimonio se derrumbaría en plena cena de cumpleaños de mi suegra, pero eso fue exactamente lo que ocurrió.
Habíamos reservado un restaurante elegante en Polanco, con manteles blancos, jazz suave de fondo y copas de vino carísimas, para celebrar los 60 años de Carmen Sánchez. Todo el mundo parecía más exitoso, más feliz, más perfecto de lo que realmente era.
Yo llevaba días intentando mantener la paz con mi esposo, Daniel Morales, que últimamente estaba irritable, distante y obsesivamente protector con su celular.
Cuando el mesero sirvió la primera ronda de vino, Daniel insistió en repartirlo él mismo. Pensé que solo quería llamar la atención.
Pero cuando llegó a mi lado, volcó la botella de vino tinto sobre mí, despacio, con una precisión cruel.
El vino empapó mi vestido blanco y goteó hasta el piso.
Un suspiro colectivo recorrió el salón.