Su hermana se llevó la mano a la boca.
Mi suegra quedó congelada a mitad de una frase.
Y Daniel… sonreía.
—No deberías vestirte de blanco si no quieres atención —dijo, riéndose como si fuera una broma.
La humillación me atravesó como fuego. Abrí la boca para defenderme, pero antes de poder decir nada, una voz infantil rompió el silencio:
—El abuelo ya tiene los videos.
Todos se giraron.
Nuestro hijo Lucas, de diez años, estaba de pie, sosteniendo una pequeña cámara. Tenía las mejillas rojas, pero la voz firme.
—Papá —continuó—, el abuelo dijo que si volvías a lastimar a mamá… los mostraría.
El silencio se volvió absoluto.
Daniel palideció.
Su padre, Antonio Morales, sentado cerca de la cabecera, inhaló profundamente, como si acabaran de golpearlo en el pecho.
Yo sentía que el mundo giraba.
¿Videos?
¿El abuelo?
¿Mi hijo sabía algo que yo no?
Daniel se acercó a Lucas y susurró con rabia contenida:
—Apágala, Lucas. Ahora.
Pero Lucas negó con la cabeza.
—El abuelo dijo que harías esto.
Ese instante rompió todo.