SE ESCUCHABA LLANTO EN LA PARED DE LA MANSIÓN — PADRE ROMPE EL YESO Y HALLA LO IMPOSIBLE

Entró al cuarto de Matías, tomó una manta térmica de la cuna de su hijo y envolvió a la niña.

Ella se acurrucó instintivamente hacia el calor, como si su cuerpo supiera que por fin… por fin era seguro.

Sebastián volvió al pasillo.

Mariana seguía en el suelo.

—¿Cómo se llama? —preguntó él, con la voz rota—. ¿Cómo se llama esta bebé?

Mariana levantó la mirada, derrotada.

—Lucía —susurró.

Sebastián sintió una punzada en el pecho.

—Lucía… ¿qué?

Mariana tragó saliva.

—Lucía Mendoza.

Sebastián se quedó helado.

—¿Es mi hija?

Mariana cerró los ojos con fuerza.

—No… no es tuya.

Sebastián tembló de rabia.

—Entonces ¿de quién es y por qué estaba en mi pared?

Mariana respiró profundo, como si ya no pudiera seguir fingiendo.

—Es mía.
Sebastián sintió que el pasillo se inclinaba.

—¿Tuya? ¿Cómo puede ser tuya si no es mía?

Mariana lloraba.

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