Mi pareja insistió en pagar la cuenta; me arrepiento de haberle permitido hacerlo.

Su tono me sorprendió un poco. No solo era galante, sino firme, casi como si estuviera recitando una regla inquebrantable.

Hice una pausa de medio segundo y luego grité: “Está bien, si insistes. Gracias”.

No iba a discutir por una comida gratis, sobre todo después de una velada tan agradable. Nos fuimos juntos y me preguntó si podía llamarme pronto.

—Me gustaría —respondí.

Me abrazó para despedirse (una combinación perfecta de amabilidad e interés sin ser descortés).

A la mañana siguiente, me desperté con una notificación de Eric. Mi cerebro adormilado esperaba un dulce “Me lo pasé genial”, pero en su lugar vi un archivo adjunto.

Me preparé un café y volví a la cama. Por curiosidad, lo abrí, esperando encontrar una foto de un restaurante o algo igual de inocuo.

En la parte superior, en negrita, con tipografía profesional:

Fecha de la factura: un importe pendiente.
A continuación se presenta un resumen detallado de los servicios prestados y las tarifas correspondientes.

Al principio pensé que era una broma, un intento de humor un tanto extraño que no terminaba de funcionar. Pero al leerlo, casi me dieron ganas de tomarme otro café por la mañana.

Los supuestos servicios que enumeró eran completamente absurdos, lo que me hizo apreciar su encanto caballeroso de una manera totalmente nueva.

Ramo de rosas: Un
llavero personalizado de regalo: Una reunión para tomar café (organizada en el plazo de una semana)

Abriendo la puerta del coche: una linda selfie grupal.

Sacar una silla: Ir de la mano en vuestra próxima cita.

Conversación interesante y escucha activa: Un cumplido sobre mi apariencia

Cena completa + propina incluida: Una segunda cita sin excusas.

Solo con fines ilustrativos.

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