Nos matriculamos en la universidad comunitaria, compartimos una computadora portátil usada y aceptamos cualquier trabajo que nos pagara en efectivo o por depósito directo.
Él daba soporte informático a distancia y tutorías; yo trabajaba en una cafetería y reponía estanterías por las noches.
Seguía siendo el primer lugar que sentíamos como nuestro.